El valor de admitir un error


REDACCION EL MUNDO | 9/5/2019, midnight
El valor de admitir un error
@EstrellaFloresC |

El ser humano actúa de diferentes modos cuando se equivoca. Hay quien niega los hechos y oculta la situación y hay quien reconoce el fallo y pide disculpas. Incluso hay personas que niegan la realidad, a pesar de tener frente a tus narices el error más grande que haya podido cometer.

En psicología se explica mediante el concepto de la «disonancia cognitiva»; esto es, nos tenemos en gran estima a nosotros mismos y, de repente, la realidad se encarga de bajarnos del pedestal, otras veces creemos ver, escuchar, entender… y nos negamos a reconocer que nuestros sentidos nos hayan engañado. Y, por último, estamos tan convencidos de que hacemos las cosas bien, que un error es inadmisible.

Esta confrontación entre el autoconcepto y la realidad nos incomoda enormemente. Para reducir la disonancia cognitiva podemos empeñarnos en negar las evidencias o bien aceptar la equivocación y asumir consecuencias. Sí, a veces nos creemos la encarnación de Dios en la tierra y tan egocéntricos que no reconocemos error alguno. Pero la historia está llena de situaciones de destrucción que podrían haberse evitado si los hombres hubiéramos reconocidos los errores y los propios “egos” se desvanecieran tomando conciencia y asumiendo consecuencias.

El temor al rechazo, vergüenza, miedo a las consecuencias es también muy humano. Por eso hay quien, de ninguna manera, admite una equivocación; tenderá a justificarse, a echar la culpa a los otros, tapará el asunto y, a corto plazo, se sentirá mejor, más cargado de razón y empoderado ante sí mismo y, por supuesto, la negación de lo obvio implica la reducción de disonancia cognitiva que tanto nos molesta a las personas.

En las organizaciones tenemos que admitir la equivocación cuanto antes. Hasta los científicos se equivocan a menudo, porque en eso consiste dar pasos en la vía del conocimiento. Es preferible que uno mismo cuente su equivocación antes de que los demás la descubran. Y si no puede ser el primero, debe al menos ser el segundo en aceptar la verdad.

Pongamos por ejemplo el accidente de la Central Nuclear de Chernóbil. Obviando las chapuzas de los rusos en la construcción, como primer error, el “ego” del ingeniero jefe, al no reconocer la explosión del reactor del núcleo, produjo más de 4.000 muertes y más de 600.000 afectados. Tal vez, la tragedia no se habría evitado, por la ya evidente mala construcción del reactor, pero el reconocimiento del error hubiera influido en la rapidez de actuación y en haber sometido a menos personas a la radiación durante tantos días.

No debemos temer a las consecuencias. Incluso en los peores casos, reconocer que nos hemos equivocado despierta la empatía: todo el mundo se equivoca, así que nos sentimos más cerca de quien admite sus equivocaciones que de quien las oculta. La sinceridad es un acto de valentía que despierta la confianza y aumenta la credibilidad.

Aprender la lección. Equivocarse es una faena, admitámoslo. Pero la experiencia se construye con equivocaciones, que son como carreteras cortadas por las que no volveremos a intentar transitar.

Los errores son los portales de descubrimientos, pero hay que reconocer el error como primer paso.

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