Hace días celebramos en mi casa el cumpleaños de mi sobrinita Alexandra. Como no tengo hijos, mis sobrinos son mi adoración. Soy una tía súper consentidora, por eso en esta ocasión contraté a un mago, renté un castillo de aire para que los niños brincaran, traje piñata, columpios y todo lo necesario para que Alexandra tuviera un día inolvidable.
Mi hermana Liza, mamá de Alexandra invitó a la fiesta a un compañero de trabajo. Este muchacho llegó con su hijo Jorgito, quien tiene 10 años y padece del Síndrome de Down. Me conmovió conocerlos, ya que este señor es papá soltero y cría a Jorgito y a su hermanita solo.
Asumí que padres en esta situación siempre temen que sus hijos sean víctimas del rechazo, por esta razón decidí dedicarle más atención a Jorgito que a los otros niños y cada vez que le pasaba por el lado le expresaba cariño ya fuera tocándole el cabello, haciéndole cosquillas o diciéndole con una sonrisa “Hi, Jorgito!”. Como los niños aprenden con ejemplos, mi conducta motivó a otros chiquillos a hacer lo mismo. Poco a poco Jorgito se fue integrando a la fiesta hasta que su condición no era un obstáculo y se convirtió en un niño más de la celebración. A tal punto que luego de soplar las velas del pastel y mientras mi hermana repartía unas bolsitas con juguetitos para cada invitado, un niñita le indicó muy preocupada “¡Jorgito no tiene bolsita!”.











